La Plata, 30 de octubre de 2010
Querido amigo:
Muchos ya han escrito. Otros lo estarán haciendo o lo harán. No me importa. Al carajo con las reflexiones, con las biografías y peor con los pronósticos y las conjeturas de buena o mala leche. Estoy fulo. Mal. No me banco, che. Desde el puto día del censo, desde que Sofía me garcó la cita mañanera con el inodoro para bocinearme desde de la cocina que se espiantó Kirchner, viejo, crepó Kirchner, vengo masticando pena. Pena y bronca, hermano, dolor profundo.
He pateado la Plaza para ser uno más. He gastado horas estrolado al monitor del compu, apechugado al ida y vuelta de los meil. Y me he encanutado a la tele para junar ese desfilar interminable de gente, de pibes antes que nada, de miles de pendejos que la vienen yugando en la militancia o no, que por ahí recién toman la teta o lo harán mañana. Ojala.
Y no capisho, no entiendo niente. No sé si esto que pasa y veo ha sido buyón de historias viejas, o si se ha dado en otros lares. Porque este velar al fiambre sin el debido respeto que supone el escrupuloso silencio, este arrimarse a metros del jonca para mirar a la viuda y rogarle, decirle o exigirle esto y aquello, amén de poco urbano y educado, semeja un dislate. Ironía, che, o llamalo como quieras. Acá lo tengo atrancado desde que se lo escuché a un jovato platudo que la iba de doctor en leyes.
Minga. Me funca que esto no es sólo una despedida. Me va que he visto otra cosa y no la pifio, estoy seguro, que acá hay una converseta, un rejunte piola entre guasos y minas del montón, todos los sinnombre que nunca salen en la tele ni en la radio, anónimos que más que saldar deudas con el difunto van a chamuyarle a esa papusa que impertérrita acaricia el paquete póstumo y los ve pasar y se lleva una mano al cuore para reafirmarles que aquí los tengo, que no me olvido, que la cosa sigue. Hay un adiós de pueblo al finado pero más, un encuentro con la presi que lidera, un cara a cara entre cumpas, una cercanía que abruma entre la Cristina y ellos o ellas. Alguien le grita con los puños cerrados que no pierda el coraje, un pibe le dice que no te voté, compañera, pero estoy con vos, sabelo, y otros cantan que son sus soldados, y así de corrido, hay un laburante que le ofrece su casco amarillo y ella lo agarra con todas las ganas y parece que quiere clavarlo al cajón una, dos y tres veces, hay quien sólo llora, se persigna o se muerde la sinhueso pero antes de que cante un gallo levanta un brazo, la escracha con un dedo que ha dejado de ser acusador por costumbre, un índice que dice que vos sos yo y yo soy vos, flaca, no me vayas a cagar, yo soy parte tuya como vos navegás adentro mío.
Y esto es lo extraordinario, hermano. Capilla ardiente que arde en serio. Hay una cosa que no te la puedo explicar, que está ahí alrededor del flaco y la Cristina, como un fuego, como una maquinola de hacer calor. Está ahí entre muchos gilurdos y shoficas de tacorba y jetra que nunca faltan a la hora de dar el pésame. Pero me cago en ellos porque sigue el chamuyo. Y viene una viejita que se jubiló al fin, dice y agradece. Y un guarango con una voz de puta madre que canta el Ave María y con la voz quebrada levanta el puño y termina con un hasta la victoria, viejo. Y un poeta con sus versos, y un campero con su payada, y los mozos que sirven el feca todos los días en el cotorro presidencial tragándose las lágrimas.
Me emociono, che. Ando a moco suelto. Pero la cosa sigue y la conversa entre pueblo y presidenta no se manca. Ahora en la yeca, pasa el fortacho con el flaco y se levanta un puño y la V. Pasa el checo que la lleva a ella y son manos contra el vidrio, voces y gritos, abrazos en el aire. Dale gas, un pibe le manda. Ni un paso atrás, le chanta un setentista. Y ella se lleva una mano al pecho por enésima vez, frunce los labios y al fin y al cabo, uno quiere pensar que desde atrás de los oscuros estará diciendo que sí, que la historia va.
En fin, hermano, a Lupo le dio la cardiaca. Lo sentó de culo como quiere finar el actor: sobre las tablas.
Y yo, que no creo en dios, me hago de uno para terminar nomás: un quía morocho y retacón, hermafrodita para que no me acusen de sexista, sereno, desconfiado con motivos, ocurrente, un jodido hijo de puta pero también bueno en el fondo, que recibe a los finados en un boliche y los convida con un feca o una grapa para entonarlos y darles labia sobre lo que hicieron en su mishia vida terrena. En esa me lo manyo al pingüino así como anduvo hasta el final, amurado al paso diquero, el saco abierto, la sonrisa de perejil simpático y un ojo derrapado que mira sin ver y juega a las escondidas. Me lo hago sentado a una mesa entonces, haciéndole a un vino que le convidó un ángel gallego y alcahuete.
Desembuchá, flaco, ya le habrá preguntado el dios, pelandrún en apariencia pero veterano ladino, porque de puro entre, ¿contar qué cosa, si por dios que es, habrá sabido balconear vida y obra de cada uno? Que hable Montoto. Este finado no va a perder tiempo en labia suelta y mañana mismo andará junando dónde acamalar una Unidad Básica en ese culo del Universo, cómo poner en caja a un santo advenedizo para su buen uso y cuánto en rupias o pesos fuertes celestiales le costaría manducarse al capo de una nube robreca.
Por lo demás, se quedará esperando a la darique. Pero sin apuro, che, ponele el gancho, que de garcas, cacos y batilanas el ispa está lleno, meta echarle palos a la rueda y más peor asustados con esto del chamuyo entre la presi y la mersa. Así que tranqui, flaco, sentate y esperá un cacho, le diría, que acá la menesunda sigue. O recién empieza.
Guillermo Raviña
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